17.11.08

Bernhard Haus


La tarde era invernal, no es que fuera invierno, porque todavía no era invierno, quiero decir, el invierno no había comenzado todavía, no había comenzado oficialmente, aunque el invierno como tal, al menos para nosotros, ya había comenzado, quiero decir que el frío ya estaba ahí, y el aliento de las heladas acechaba con llegar hasta el sótano, y todo eso.

En la casa museo de Thomas Bernhard no parecía haber nadie. En el portón principal leímos sin sorpresa que el museo permanecía cerrado los meses de invierno. Empujamos la puerta y ésta se abrió, y en el patio al que daba descubrimos a una señora que se acercaba ya a nuestro encuentro. El museo estaba cerrado, lo lamentaba, pero cometió el error de interesarse por nosotros, ¿Woher kommen Sie? Así que se lo dijimos, de dónde éramos, y lo admiradores que éramos de Bernhard, y todo eso.

La señora fue a buscar a su marido, Ich muss meinen Mann fragen, y al minuto aparecieron los dos, ella y el doctor Fabjan, hermanastro de Thomas Bernhard.

Cruzamos el patio, entramos en la casa, Frau Fabjan nos mostró las diferentes habitaciones, cada una de ellas provista de una enorme estufa de azulejos, habitaciones de invitados, que casi nunca serían ocupadas, porque él no quería recibir invitados, ya saben, y su dormitorio y su guardarropa, perfectamente dispuesto con sus trajes, zapatos y maletas de otra época, se disculpó varias veces, Frau Fabjan, su marido y ella habían venido a hacer ciertos arreglos caseros antes de echar el cierre en invierno y no tenían demasiado tiempo, así que la visita sería rápida, que viniéramos de nuevo en primavera, y en la biblioteca nos señaló una fotografía en la que se veía a Bernhard en uno de sus viajes a la costa española, del último de los cuales su marido, el doctor Fabjan, lo trajo gravemente enfermo de vuelta a Austria, perfectamente consciente, Bernhard, de que volver a casa significaba morir.

En la entrada nos encontramos al doctor Fabjan, dando una capa de Xylamon sobre el piso de madera, Holzwurm, dijo, y en el mismo suelo advertimos el rectángulo de una trampilla que debía dar al sótano.

Edito: Daxi



Repasando posts anteriores, me he dado cuenta de que se me olvidó editar aquel en el que hablaba sobre la gata de Frau B, nuestra vecina.
Semanas después de que ella me dijera cómo se llamaba el bicho, me la volví a encontrar (aún era verano y nos veíamos casi a diario porque siempre estaba arreglando algo en el jardín) y me contó cómo su nieto había decidido que la gata debía llamarse Daxi. ¿Daxi? ¿No era con T?

No, no era con T. Yo y mis problemas para distinguir consonantes. No digo ya para pronunciarlas, como el día en el que tuve que repetir a una charcutera la palabra Käse cinco veces hasta que la K sonó lo suficientemente sonora. Supongo que a ella le sonaría algo así como "un bocadillo de gueso, por favor" -lo cual tampoco era para tanto, tratándose de una charcutería. Pero ese es otro tema-.

El caso es que el nieto de Frau B quería llamar a la gata Frechdachs, que significa "tejón", pero también "pillo, granuja". A mí ese nombre me sonaba porque hay una discoteca en Laufen que se llama así, un lugar con cierta gracia por ser el punto de encuentro de los solteros de los alrededores que han dejado atrás la treintena. Fuimos allí una vez con un colega de M y entre el Schlager, los grandes éxitos de los 80 y la decoración semi-tropical, parecía que estuviéramos en algún local de Mallorca o Alicante, pero hace 20 años.

Así que Taxi pasó a llamarse Daxi. No es un detalle de importancia, pero quizá diga algo sobre el carácter que tenía cuando era jovencita (porque lo que es ahora, de pilla tiene más bien poco. Lleva una vida tan sedentaria, que como mucho se mueve para buscar las esquinas donde pega el sol, y ni se molesta en moverse de su sitio cuando queremos subir las escaleras de casa).

16.11.08

1 huevo = 8 magdalenas



5ºC y bajando. El parte meteorológico anuncia nieve para el domingo que viene, así que M y yo ya estamos en modo casero: la mantita en el sofá y la calefacción puesta desde la mañana. Incluso tenemos tazas compradas expresamente para el té de las noches.

En la cocina no hay radiador y se nota, por las mañanas da mucha pereza preparar el desayuno. Por la tarde es diferente. Si tengo tiempo antes de que M vuelva del trabajo, pongo el horno y hago algo rapidito, algo que caldee la cocina y llene la casa de aroma a vainilla o canela.

Descubrí esta receta de magdalenas mientras intentaba averiguar el secreto de los muffins y otros bizcochos . Nunca he tenido mano con estas masas, las pocas veces que intenté hacer el típico bizcocho de yogur, la cosa empezaba a crecer que daba gusto, pero en cuanto la sacaba del horno se desinflaba y acababa convertida en una masilla gomosa... un desastre.

Finalmente he aprendido que mi error era batir la masa durante demasiado tiempo, lo cual hacía que se formaran cadenas de gluten demasiado firmes e impedía que las burbujas de aire formaran una esponja ligera. Lo que sirve para el pan arruina un bizcocho.

Así que por fin he podido estrenar en condiciones los papelitos de magdalena que traje desde España (50 moldes por 0,75€). Con una receta sencilla donde las haya:






8 Magdalenas medianas

1 huevo
3/4 vaso de azúcar
1/3 vaso de aceite
1/2 vaso de leche
Ralladura de limón
Chorrito de zumo de limón
4 gotas de aroma de vainilla

1+1/2 vasos de harina
1 cucharada de levadura (polvo de hornear)


Precalentar el horno a 200ºC (180ºC con aire)

Batir por un lado el azúcar con el huevo y el resto de ingredientes líquidos y aromas hasta conseguir una mezcla espumosa. Por otro lado, unir la harina y la levadura. Tamizar sobre la mezcla líquida.
Remover lo justo hasta conseguir una masa homogenea.

Verter la masa en los moldes dejando que caiga en el centro de éstos, hasta que llegue casi al borde. Espolvorear un poco de azúcar en el centro.

Hornear 30 minutos y dejar enfriar en una rejilla.

Es importante que las magdalenas se enfríen bien, de lo contrario no se despegarán del papel y habrá que comérselas rascando con la cucharilla...

11.11.08

Al día con el santoral

Me acabo de enterar de que hoy, 11 del 11, ha comenzado el Fasching, la Cuaresma previa al Carnaval alemán. (Menos mal que mis tres vecinos están al día en cuanto a celebraciones, si no, no me enteraría de lo que celebran los lugareños...). Ya decía yo que tenían muchos Krapfen en la panadería.

En España se dice que a todo cerdo le llega su San Martín, tanto literal como figuradamente. Era (y es aún en muchos pueblos) por estas fechas cuando se celebraba la matanza que llenaría la despensa para todo el invierno, y se celebra comiendo morcilla y otros productos derivados de la sangre, dado que es lo primero que se echa a perder.

Este año no tenemos ni morcilla (demasiado delicada para venir volando) ni Krapfen (hace demasiado frío para salir corriendo a la panadería a última hora, vaga que es una), ni ganso.
Habrá que mirar en la nevera...

¡Vaya! Embutido inglés de ciervo, regalo de T. ¿Aceptamos ciervo para la cena de San Martín?


4.11.08

Los puentes del Salzach

El Salzachbrücke a las siete de la tarde


El puente que ilustra la cabecera de este blog durante este otoño es el Salzachbrücke, construido en 1902-03. Es un puente colgante de hierro muy transitado, la única vía de paso para vehículos entre Austria y Alemania en varios kilómetros a la redonda (los puentes más próximos están en Freilassing al sur y Tittmoning al norte).

Antes de que Austria entrase a formar parte de la UE el Salzachbrücke era paso fronterizo con valla y policías. Por lo que cuentan A y T, los vecinos de Laufen no acostumbraban a cruzar al otro lado - en todo caso eran los austríacos los que iban de compras a Alemania, donde todo era más barato -, y ni siquiera ahora se les ocurre ir a Oberndorf, salvo que vayan al videoclub o a tomar el Lokalbahn para ir a Salzburg.

El Salzachbrücke fue construido después de la gran crecida de 1899, que se llevó por delante gran parte del casco antiguo de Oberndorf (ubicado a orillas del meandro, una zona que se inundaba fácilmente) así como el puente de madera que unía el centro de Laufen con la subida al calvario de Oberndorf.

Aquel puente de madera desapareció y no fue recuperado hasta el 2002, cuando se levantó el Europasteg, el otro puente del Salzach. Por esta vía peatonal pasean los lugareños los días de sol, junto a los ciclistas que quieren evitar los camiones del puente de hierro.

3.11.08

Se nos va el sol

Lunes, 15:47h