19.4.09

La Praga de las multitudes


La Praga de las multitudes es, de todas la Pragas posibles, la más evidente.

Se intuye incluso antes de llegar a ella, en el tren que viene abarrotado desde Múnich. Si te montas en Landshut, con suerte consigues un pequeño asiento en los pasillos y viajas así, de lado, entre maletas y otros viajeros como tú, sólo que de ojos algo más rasgados y con niños y cochecitos y cara de estar cansados de recorrer Europa.

La Praga de las multitudes despista, confunde.
Buscas un lugar donde cambiar tus euros por monedas y billetes que no conoces, buscas los servicios, buscas la entrada al metro, buscas tu línea de tranvía. Igual que tú, las multitudes buscan señales reconocibles. Tardas un rato en identificar un icono o un nombre entre tildes que parecen boinas puestas del revés.

En la Praga de las multitudes piensas que vas donde te apetece, pero en realidad sigues las rutas marcadas en tu mapa. También sigues un cartel que indica el siguiente monumento, o un paraguas chillón bajo el que una guía repite su letanía de fechas, reyes y eventos como quien recita la tabla del 5.

La masa se agolpa en la entrada del puente ése tan bonito que, curiosamente, en el catálogo de la agencia de viajes aparecía vacío. La ciudad más bonita de Europa, la Praga dorada, el lugar ideal para pedir en matrimonio a tu novia... Y sin embargo, creo que es la ciudad en la que más parejas enfadadas he visto. Cuestión de expectativas.
Como en otras muchas ciudades, en la Praga de las multitudes parece que sólo viven visitantes. Nadie tiene pinta de ser de allí, ni siquiera el camarero que sale a mostrarte la carta. Qué suerte, tenemos una mesa libre pero tienen que librarla antes de las nueve. 27 coronas 1 euro.

De la Praga de las multitudes vuelves con la sensación de haberte montado en todas las atracciones, de habértelo pasado bien, pero de no haberte enterado de nada de lo que pasa detrás del decorado.

2 comentarios:

Noema dijo...

Exactamente esta es la impresión que me quedó grabada de Praga: una corriente de gente moviéndose en la misma dirección. De un viaje entre multitudes en tren desde Berlín, de un (probablemente precioso) puente detrás de aquella marabunta de turistas, de caminar apretujados entre las calles. Prefiero quedarme con la Praga de los libros. Quizás algún día le dé otra oportunidad a la ciudad.

cleira dijo...

Yo tube la suerte de visitarla cuando acababa de abrirse a occidente.
Me gusto todo, menos los restaurantes, comí fatal.